
Fragmento extraído de Los caminos a Roma, incluída en la "novela" autobiográfica de Fernando Vallejo El río del tiempo.

La frontera, invierno de 1939: la república española se está desmoronando.
En sus poemas alcanza Catulo cotas de lirismo difícilmente igualables, capaz de decir a su amada Lesbia los versos más tiernos y apasionados, aunque también de escribir los más lacerantes y crueles contra sus enemigos.
Como muestra de su poesía los poemas 5 y 85, ambos dedicados a Lesbia:
Viuamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt;
nobis cum semel occidit breuis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut ne quis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.
En traducción propia dice:
Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
y las habladurías de los severos ancianos
todas, valorémoslas en un solo as.
Los soles pueden declinar y aparecer de nuevo;
nosotros, una vez se extinga la breve llama,
habremos de dormir una sola noche perpetua.
Dame mil besos, después ciento,
luego otros mil, luego cien de nuevo,
después hasta otros mil, después ciento.
Luego, cuando muchos miles nos hayamos dado,
desordenaremos la cuenta, para que no la sepamos,
o para que ningún miserable pueda aojarnos,
cuando sepa cuántos fueron nuestros besos.
Odi et amo. Quare id faciam?, fortasse requires.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.
Y en traducción:Odio y amo. ¿Por qué lo hago?, acaso te preguntes.
No lo sé, pero siento que sucede y me torturo.
Poemas musicados por Carl Off

Los percusionistas y los héroes somos así. Tercos, irrevocables, porfiados. Qué le vamos a hacer, nos viene de familia. Mi abuelo, sin ir más lejos, era famoso en su pueblo, Santo Domingo, porque logró lo que nadie: hizo mover una mula. Por el camino de herradura de Santo Domingo a San Roque, en la cima de una montaña, la mula resabiada se detenía y se negaba a emprender el descenso, a seguir adelante. Le clavaban los espolines, le daban palos, la cubrían de insultos, le quemaban la cola. Nada, no seguía, no cedía. No daba un paso más: se había detenido y hasta aquí llegamos. “Pero, ¿qué más te da, inmunda, seguir adelante o volverte atrás, si de todos modos vas a ir de bajada?” No, no había forma. Nadie logró hacerla dar un paso adelante, llegada a lo alto de la montaña. Cedía el jinete, volvía la brida, y la mula tornaba a ser lo de antes, un animal dócil y sumiso… pero de regreso a casa, por el camino andado. De ese alto desde donde se divisaba San Roque, no hubo empeño humano que la pudiera hacer pasar. Lo consiguió mi abuelo. Armado de libros, sombrilla y fiambrera, yendo de por medio una apuesta y su honor de caballero, emprendió en la mula el camino de Santo Domingo a San Roque. Al llegar al alto la mula terca se detuvo, pero en vano se quedó esperando la insensata el chaparrón de injurias, de golpes, de espuelazos, o el incendio de la cola. Nada, nada de eso, habían cambiado de política. Bajo el tórrido sol del trópico mi abuelo abrió un libro y la sombrilla de su paciencia, empezó a leer y siguió sentado. Zumbaban las moscas, planeaban los gallinazos, chillaban los gavilanes. Fueron corriendo las horas y la mula terca seguía en pie y él sentado. En el gran paisaje opaco de montañas la escena inmóvil parecía el cuadro de un duelo. Al atardecer, motu proprio, la mula dio un tímido paso hacia delante, otro, otro, y echó a andar decidida pendiente abajo, rumbo a San Roque.
Gran señor mi abuelo…
Vallejo es irreverente, iconoclasta, hilarante en ocasiones, en otras participa del Realismo mágico de la literatura hispanoamericana, nadie escapa a sus aceradas críticas y domina el idioma (su patria según él mismo afirma en una entrevista concedida desde su casa hace varios años) como nadie.